11/23/2009

Mexicanos de segunda

Añejas glorias de la patria se ponen de moda ahora que cumplimos 99 años desde la Revolución Mexicana. Es triste pensar que el sueño de una gran nación se ha desvanecido tras décadas de gobiernos que se regodean en el autoengaño —las réplicas del secretario de Hacienda a Joseph Stiglitz son una muestra impecable—, acompañados con clase política que, en su gran mayoría, está obsesionada con un cortoplacismo microscópico.

Es imposible enlistar a los responsables de que México sea uno de los pocos países en el mundo que están en franco retroceso, mientras otros muchos —más chicos, con menos recursos— avanzan significativamente.

En estos días la mayor parte de los analistas están revisando las múltiples materias en las cuales el país reprueba: temas tributarios, legales, de cultura política, corrupción, pobreza, etcétera. Hay un elemento que me gustaría agregar, ya que hoy es uno que me afecta.

Acaba de nacer mi primera hija hace tres semanas en Santiago de Chile. Una de las principales cosas que he hecho ha sido averiguar los pasos que tengo que seguir para asegurarme que goce de la nacionalidad mexicana, que a la postre será también su patria –mancillada, pero patria al fin.

Me sorprendió poco que fuera un trámite complicado: somos mexicanos. Hay que llevar media docena de documentos, todos por triplicado, testigos y demás. Es engorroso y largo, pero está bien. Lo que sí me sorprendió —más bien me indignó— es que ella no podrá heredar la nacionalidad mexicana a sus propios hijos. Según la ley, los mexicanos nacidos fuera del territorio —mi hija entre ellos— son mexicanos de segunda, sin los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. A menos de que ella tenga hijos en México, mis eventuales nietos no serán mis compatriotas.

Esto pasa mientras que la tendencia mundial es que los nietos de inmigrantes puedan aspirar a la nacionalidad original —España e Italia lo permiten—– lo cual ha facilitado que muchísimos mexicanos puedan gozar de doble nacionalidad. La clase política mexicana ha visto esto con buenos ojos, al tiempo que exige con convicción una reforma migratoria en Estados Unidos. Pero nada han hecho para modificar esta ley, como si temiéramos llenarnos de sucios mexicanos nacidos en otras partes; como si nuestro problema fueran las huestes interminables de bandidos que se quieren colar a nuestra noble y dulce patria.

Es bien sabido que nuestra legislación migratoria es retrógrada, anticuada y funesta, pero hoy en día tiene un elemento adicional: retrasa el desarrollo del país. Porque hay miles de extranjeros que podrían venir a México a contribuir con su experiencia y talento y que lo harían gustosos, pero se topan con un muro burocrático tan complejo y cerrado, que prefieren irse. Hay que admirar a aquellos que permanecen en México: nos quieren de verdad.

Esa es una de las caras del problema de inmigración a nuestro país, la menos cruel. La peor cara es la que se ve todos los días en la frontera sur, donde migrantes centroamericanos son maltratados, humillados, sus derechos violados y sus vidas puestas en peligro por una policía fronteriza delincuencial y unas mafias que nada le envidian a aquellas que trabajan en la frontera norte.

No sólo es irónico que un país que está siempre demandando que se respeten los derechos de sus emigrados no tenga consideración con la gente que recibe, es directamente idiota. Nuestra legislación es una piedra más en la larga lista de obstáculos que impiden que México se sume a una dinámica globalizada de progreso.

Tengo la sospecha de que la resistencia a modernizar esta ley no sólo tiene que ver con la naturaleza floja y desinteresada de nuestra clase política, sino a nuestra endémica desconfianza a los extranjeros. Sea por la frivolidad de la “historia oficial”, la tradición contra el malinchismo o por patrioteros, hemos crecido con una insondable sospecha de que aquel que viene de fuera viene a dominarnos, robarnos, explotarnos o al menos llevarse a nuestras mujeres.

Es contradictorio, porque México es visto como un gran destino para vacacionar, se dice que la gente es amable y todos constatan que se da buen servicio a los turistas. Pero supongo que una cosa es un turista —que viene a dejar dinero e irse— a un inmigrante, que viene a quedarse y sacar algún beneficio de nuestra sacro santa tierra.

Es así como las glorias soñadas por los revolucionarios para México, en las que sería un país de justicia social, progreso y bienestar, se han ido sumergiendo en un pantano de inseguridades nacionales. Patologías masivas que nos limitan y nos mantienen con los pies enterrados, sin dejarnos avanzar.

Me frustra, pero mi convicción es clara: las cosas tienen que cambiar. Empecemos por acabar con leyes que dividan a los mexicanos en seres de primera y de segunda, porque deseo que mi hija Miranda sea una ciudadana. Que mi hija sea mexicana.

11/20/2009

Chile: cuando la alegría se jubila

Se vale decir que no puede ser peor el escenario para la Concertación. Después de 20 exitosos años gobernando Chile, el pacto político entre la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista (PS), el Partido por la Democracia (PPD) y el Partido Radical Socialdemócrata (PRSD), bien puede estar viendo cómo se marchita su legado y se acaba su época.
Para muchos la transición chilena ha sido un ejemplo. Lograron remover a una sangrienta dictadura (que siguió matando y torturando hasta exactamente su último día) de forma pacífica, desactivando tanto a los terroristas de derecha como a los guerrilleros de izquierda casi en su totalidad. La Concertación mantuvo el modelo económico pero lo fue modificando gradualmente, para recudir la dramática pobreza que sufrían los chilenos durante la dictadura (más del 40 por ciento) a uno de los niveles más bajos de América Latina (menos del 13 por ciento). Los indicadores humanos chilenos, por dónde se vean, son de los mejores de la región.
La Concertación consolidó un sistema democrático, abierto y plural. La derecha, que siempre despreció la democracia, se ha beneficiado enormemente de ella. El famoso “sistema binominal” creado por el gobierno de Augusto Pinochet le garantizó una perpetua sobre-representación a la derecha durante todos estos años. Tan poderoso ha sido su control del Congreso que la Concertación nunca pudo modificar la ley electoral para hacerla más justa. Durante el último año lo intentó dos veces, incapaz de superar la barrera de una derecha “legalmente” sobrevalorada en la cámara de diputados.
A pesar de sus éxitos, la extrema timidez de la Concertación para enfrentar y enjuiciar a los genocidas y torturadores, así como a sus jefes, ha sido la gran mancha de la transición chilena. Una y otra vez suspendieron, cancelaron, limitaron o desaparecieron procesos contra Pinochet y su círculo de hierro, encarcelando – en prisiones de lujo hechas exprofeso – sólo a unos cuantos de los más impresentables artífices de la tortura y el asesinato. Quizá el momento más emblemático de la rendición de la Concertación ante las demandas de la reacción fue cuando, durante la administración de Eduardo Frei, se volcaron todos los esfuerzos del gobierno para evitar que el dictador fuera extraditado de Londres a Madrid por violaciones a los derechos humanos.
Es justo esa debilidad de la Concerta – su patológico temor a la desatar una ira que traiga un "segundo golpe" – lo que la ha colocado en al borde de su propia destrucción. Este camino, que en la segunda vuelta de enero tendrá casi con toda seguridad su anticlimático final, comenzó a forjarse desde hace años, pero se aceleró con radicalidad en febrero de 2007.
Fue en aquél fatídico mes que el gobierno de Michelle Bachelet puso en marcha un nuevo sistema de transporte público en Santiago – el Transantiago – que venía a reemplazar las miles de micros amarillas que usaban los chilenos para desplazarse. Fue un desastre de niveles insospechados. La gente enfrentó con desesperación trayectos tres veces más largos y mucho más complicados, haciéndolos perder trabajo, dinero, tiempo y energía. Millones de santiaguinos padecieron los largos días de autobuses atestados y castigaron al gobierno. La popularidad de Bachelet cayó hasta el 32 por ciento y el entonces pre candidato de la derecha, Sebastián Piñera, se disparó hasta el 42 por ciento de las preferencias electorales.
Ministros fueron removidos y millones destinados a tratar de salvar al proyecto emblema de Ricardo Lagos – quién se lo dejó a Michelle para implementarlo. Lagos mismo, que siempre soñó con relanzarse para regresar al poder en 2010, vio en esos días como su opción se desvanecía.
Empezó entonces una era de intenso e interminable golpeteo contra la presidenta. Durante largos meses la Alianza por Chile – que agrupa a los dos partidos de derecha, Renovación Nacional (RN) y la Unión Demócrata Independiente (UDI) – atacó sin cesar a la presidenta y a la administración entera. El estado de ánimo era tan adverso a Bachelet que la misma Concertación empezó a abandonarla. La DC fue el primer partido en dividirse, y varios parlamentarios – liderados por Adolfo Zaldivar - dejaron las filas del longevo partido. Pronto el PS sufrió sus propias deserciones, e incluso un senador socialista que fue cercano a Allende encontró cobijo en la derecha pinochetista. La traición paga bien.
Todo le salía mal a la Presidente de Chile. Su ministra de Educación fue removida por el Congreso; su presupuesto para el Transantiago rechazado. Sus planes se caían a pedazos y se había convertido en la gran decepción: “llegó por fin una mujer y lo hizo pésimo”. Todo 2007 fue una pesadilla para ella.
En 2008 empezó a remontar lentamente su popularidad, ayudada por leves mejorías en el Transantiago y por el crecimiento de sus redes de asistencia social. Pero era un avance gradual y la derecha, envalentonada y decidida, no paraba su guerra. A principios de ese año un grupo de líderes de los dos partidos de derecha empujaron una controversia constitucional contra la píldora del día después, una de las políticas emblema de Bachelet. En Abril la Corte Suprema, conservadora y mal informada, decidió bloquear la entregar del fármaco. Pero la demanda de los conservadores iba más allá: intentaban ilegalizar también los anticonceptivos convencionales e inclusive la T de cobre y el DIU. Quedaría sólo el condón si se hiciese su voluntad.
Fue un gran golpe para el gobierno, pero tuvo sus efectos negativos para la derecha: los arrojó al extremo y Piñera resintió el efecto. Según encuestas de la época, más del 70 por ciento de las mujeres dijeron que no votarían por alguien que esté contra la píldora.
En esos días, había un álgido debate al interior de la Concertación para definir quién sería el candidato que enfrentaría a la Alianza por Chile. Había muchos apuntados, pero con posibilidades sólo tres: Ricardo Lagos, Eduardo Frei y José Miguel Insulza. Lagos fue bloqueado por fuerzas internas de la Concertación, que lo responsabilizaban por el Transantiago y algunos escándalos de corrupción. Insulza, por su parte, jugó largamente con la idea de ser el candidato. Sin embargo, al no encontrar un respaldo unánime por parte del PS y el PPD – los sectores progresistas de la Concertación –, el ex ministro de Interior y RR.EE. prefirió la comodidad de la Secretaría General de la OEA y declinó.
Así, los caciques de la Concertación tomaron una decisión que demostró cómo han perdido el pulso de la sociedad chilena. Cuando la gente estaba claramente exigiendo caras nuevas, decidieron lanzar a un ex presidente, cara rancia de la política. Cuando la gente exigía apertura e innovación, decidieron cerrarse y realizar una primaria absurda: sólo podrían ser candidatos “patrocinados” por sus partidos y sólo podrían votar militantes determinados. Frei compitió contra una propuesta del PRSD, Juan Antonio Gómez, a quién derrotó 70-30. Cuando la gente quería un discurso fresco y alternativo, lanzaron al candidato más parco, gris, poco carismático y plano que pudieron encontrar.
Al ungirse como candidato, Frei se convirtió en la carta más conservadora de todas. No porque sea más reaccionario que Piñera – sin duda no lo es – sino porque es el candidato que más representa al Establishment. Frei no fue sólo el presidente que salvó a Pinochet, sino que fue privatizador y poco progresista.
Fue de esa forma como la sangría de cuadros que había comenzado desde meses antes se terminó por concretar. Como lo hizo Adolfo Zaldivar antes, Alejandro Navarro, líder histórico del PS, también abandonó su casa política. Poco después lo siguió Marco Enriquez-Ominami, diputado socialista de 35 años e hijo del jefe del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que murió en combate contra la policía pinochetista. Se sumó Jorge Arrate, también socialista y ex ministro de Educación de Frei. Todos postularon a la presidencia.
Entonces la Concertación se presentaba con cinco rostros: dos DC, Zaldivar y Frei y tres PS, Enriquez- Ominami, Alejandro Navarro y Jorge Arrate. Este último fue acogido por la alianza de izquierda que integran el PC y el Partido Humanista – Juntos Podemos Más – mientras que Enriquez-Ominami y Navarro escogieron lanzarse por la vía de la candidatura independiente. Zaldivar, por su parte, encontró refugio en el pequeño Partido Regionalista Independiente (PRI, aunque usted no lo crea).
De los cinco, sólo tres sobrevivirían. Después de varios meses de campaña, tanto Zaldivar como Navarro tuvieron que admitir que no superaban el uno por ciento y renunciaron. Zaldivar se desvaneció y Navarro declinó de mala gana por Marco. Arrate también estaba en el uno por ciento, pero al menos tenía el respaldo de partidos con cierta estructura nacional.
Y mientras tanto, por sorpresa y sin que nadie se lo esperara, se dio lo que hoy es llamado el fenómeno ME-O: el primer candidato independiente de la historia con posibilidades de pasar a segunda vuelta y dejar a la gobernante Concertación sin candidato.
Pero aún tiene que resistir los embates no sólo de la Concertación en su conjunto que no soltará el poder tan fácilmente, sino de la otra sorpresa de esta elección: Jorge Arrate. El viejo político ha demostrado una congruencia y fluidez política que ha sorprendido a muchos que empiezan a ver en él al único candidato de izquierda. Pero eso lo veremos en la próxima entrega.

11/15/2009

Pariendo lejos

No necesitan decirlo: sé perfectamente bien que los hombres nunca sabremos lo que es parir un hijo o hija; sé bien que no sabemos lo que se siente estar embarazadas o, para el caso, ni siquiera lo que es menstruar.

Pero eso no significa que el papá moderno y progresista, aquél que acompaña todo el proceso, no lo entienda. Acompañar a una mujer embarazada, digámoslo de una vez, está bastante cabrón también. No sólo porque ustedes – sí, ustedes – se ponen difíciles y mañosas, sino porque les toca vivir algo de lo que simplemente no podemos ser parte por más que queramos. Además, también engordamos. Carajo.


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Maravillosos malos sentimientos

Siempre he mirado con desconfianza a los optimistas: o saben algo que yo no, o no saben nada. No es que sea muy pesimista, realmente no lo soy. Pero en la cursi búsqueda de una sonrisa, los “positivos” suelen ser irritantes y faltos de realismo. En efecto, siempre he sentido que existe alguna mentira fundamental en mirar la vida con una sonrisa.

Ahora sé que tengo razón: un estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur, ubicada en Australia, y publicado por la revista Science, plantea que cuando se está de mal humor se toman mejores decisiones, y que los optimistas tienen una propensión natural a resolver mal los dilemas.

El estudio determinó que aquellos que están alegres se dejaban influir por detalles superficiales al determinar si una historia es falsa o verdadera, mientras que los malhumorados desmenuzan el discurso más cuidadosamente y responden de acuerdo con el contenido mismo del mensaje. Es decir, estar ligeramente irritado lo hace a uno más incisivo, le da claridad mental y lo aleja de los prejuicios obvios.

No sólo eso: los malhumorados son más precisos y observadores que los optimistas, quienes dejan pasar detalles importantes al describir un evento del cual han sido testigos. Los “felices” pueden ser más flexibles y creativos, pero son menos atentos a lo que está sucediendo.

Este estudio es importante porque es parte de la desmitificación de una serie de preceptos que en las últimas décadas se volvieron casi verdades de facto: la filosofía de que a mal tiempo buena cara.

Lo que estamos descubriendo hoy es que el agobio, la tristeza y la irritabilidad no sólo son inevitables, sino incluso partes sanas de la vida. Hay expertos en psicología humana que plantean que las emociones negativas tienen un origen evolutivo y que emergieron porque —de la misma forma que el miedo nos alerta sobre la presencia de algún peligro— el desánimo es un mecanismo de advertencia que dice que algo anda mal y te empuja a buscar su causa.

Jerome Wakefield, profesor de la Universidad de Nueva York, plantea que “al calificar el desánimo que todos sentimos en algún momento como una condición patológica, le hemos asociado un estigma. Esto hace que una depresión pasajera genere rechazo y que se estimule la actitud de: ‘supéralo, toma una pastilla’”. Añade que insistir en que la tristeza requiere un tratamiento inmediato puede impedir la principal razón para que exista: darnos la capacidad de reconstituir nuestra vida tras un episodio doloroso. “Cuando estamos decaídos, nos sentimos incómodos con alguna situación que vivimos y anhelamos una nueva forma de relacionarnos con el mundo, por lo que nos vemos forzados a explorar nuevas opciones. El desánimo a menudo estimula la creatividad”, agrega Eric Wilson, profesor de la U. de Wake Forest y autor del libro Contra la felicidad, según una cita del diario La Tercera.

También se ha demostrado que, contrario a la convicción popular, es mejor no hablar de un tema traumático de inmediato. Por el contrario, psicólogos modernos sostienen que guardarse la tristeza y procesarla a solas —al menos en un primer momento— sirve para que a la hora de expresarla a los demás la entendamos mejor y evita que los sentimientos se confundan o tergiversen.

Creo que hay otra emoción que es considerada negativa pero para mí es fundamental: la indignación. Sentir indignación puede ser doloroso, pero es la herramienta básica de nuestra mente para catalizar los cambios. La carencia de esta emoción genera personas conformistas, apagadas y sin esperanzas. Sentir indignación ante la ofensa, la injusticia o la crueldad es, además, la semilla del pensamiento de izquierda y del progresismo. Quien carece de indignación será con toda seguridad de derecha, porque le complace el statu quo.

En una cultura dominada por el placer rápido, la fascinación con las pastillas y la gratificación instantánea, hemos dejado de lado la reflexión de que esas emociones tienen una utilidad: mantenernos en movimiento. El miedo, el asco, la tristeza, la irritación y la indignación son todas sensaciones que nos protegen y nos hacen más profundos y complejos. Más humanos.

Por si fuera poco otro estudio —quizá el más importante de todos los que mencioné— demostró que tomar cerveza todos los días reduce el estrés e incluso adelgaza, ya que ayuda a metabolizar mejor los carbohidratos.

El estudio plantea que necesitamos tomar unos 700 mililitros de chela al día —en el caso de los mexicanos, yo diría que el doble— para estar libres de estrés y esbeltos.

Así, hoy sabemos que se puede entonces estar deprimido y de malas, con la llama de la indignación viva y con una cerveza en la mano, viviendo vidas más plenas.

Salud.

11/11/2009

En busca de la popularidad perdida

—Para Miranda, recién llegadita, y su madre.

Las lecciones son muchas y vale la pena revisarlas, no porque representan un fenómeno único sino justo porque son un fenómeno global. Me refiero, claro, a la dramática caída en la popularidad de Barak Obama —del 80 al 50 por ciento— al cumplir un año en el poder.
La primera, que ya habíamos abordado aquí antes, es obvia: las expectativas matan. Todos los que fuimos estudiantes avispados sabemos bien que entre menos expectativas construyes con tus padres y maestros, menos decepciones causarás. Lo mismo para los gobernantes. Empezar con una altísima expectativa es garantía de que habrá muchos que se sentirán frustrados o decepcionados contigo.
La segunda lección es que las campañas negativas sí funcionan. No importa cuál sea el estado de ánimo social, lo importante es que seas persistente. Cuando Obama llegó al poder, las múltiples radiodifusoras y televisoras alineadas con los Republicanos —y, por tanto, con el conservadurismo más funesto gringo— empezaron a golpetear al presidente por absolutamente todo, todos los días. Al principio parecía una bala al aire: tras un triunfo arrollador y con una reputación impecable, los demócratas se relajaron. No creyeron que tuviera sentido insultar todo el día al hombre del momento. Pero la reacción gringa, que no es ingenua, insistió. Día tras día señalaron errores, inventaron mentiras —como aquella de que Barak no es ciudadano— y criticaron todo movimiento del presidente. Y poco a poco fueron mermando la reputación impecable del primer presidente negro en la historia de Estados Unidos. Cada día alimentaron su bola de nieve de intolerancia y radicalidad y cada día lograron convencer a alguien.
La guerra decisiva fue la reforma al sistema de salud americano. Como muchos han descrito ya antes, los gringos tienen un sistema totalmente privatizado, altamente redituable, al cual lo último que le importa es la gente. Es un sistema caduco, que tiene a millones de ciudadanos en la indefensión y que es superado incluso por varias naciones latinoamericanas (no México, por supuesto).
Pero su propuesta, altamente vendible —crear un sistema de salud que proteja a los desprotegidos y que mejore la atención para todos— fue convertida por la gritería conservadora en “socialismo”. En la bestia negra. Y en una flagrante protección de los intereses privados más oscuros, defendiendo sólo a los más ricos, lograron convencer a grandes sectores de que esta reforma era malvada. Así, muchos congresistas demócratas, cuya lealtad está más entregada a sus inversionistas que a sus ideas o a su país, dejaron al presidente debilitado y obligado a renunciar a muchas de sus promesas.
Lo mismo con Guantánamo. Apenas hace unas semanas el Congreso aprobó los dineros necesarios para trasladar a los presos e iniciar el cierre de la grotesca e ilegal cárcel de Bush, pero esa ineficacia ha hecho parecer a Obama como débil y poco comprometido. Es así como esta semana, tras las elecciones en Virginia y Nueva Jersey, los republicanos han vencido y tratan ahora de convencer a todo el país de que fue un referéndum sobre el gobierno y que lo derrotaron. Hasta recibir el Nobel de la Paz lo perjudicó.
La tercera lección es que la entereza paga. Bien haría Obama en mirar al gobierno de Michelle Bachelet en Chile. La primera presidenta de ese país llegó a tener 34 por ciento de aprobación hace sólo dos años, pero hoy está acercándose al 80. ¿Cómo lo hizo? Manteniendo la entereza. Cuando se equivocó, lo admitió y lo corrigió. Cuando no, insistió e insistió. Y las múltiples veces que la derecha bloqueó sus leyes, impidió sus reformas o detuvo el avance de su proyecto, llamó a las cosas por su nombre. Bachelet es hoy muy respetada e incluso el candidato del pinochetismo finge que la admira y que seguirá su labor social.
Obama y su gente deben resistir con calma los embates de aquella ultraderecha demencial que se había convencido a sí misma que gobernaría por mil años. Porque digan lo que digan, el presidente americano recibió una administración cayéndose a pedazos: una economía desgarrada, un déficit histórico, un desgaste social enorme y dos guerras en curso.
No todo se resolverá, pero las cosas irán mejorando. Sacar la economía adelante, combatir la pobreza y la desigualdad, mejorar las condiciones de vida y mantener la integridad a la larga le darán al presidente el reconocimiento público que merece. Ceder con demasiada facilidad a la presión de los poderes fácticos y de los medios rabiosos sólo les dará la razón.
La popularidad perdida puede encontrarse. La clave es la integridad.