7/06/2009

Agárrame la banana

Me parece interesante descubrir que el término “República Bananera”, que usamos de forma cotidiana para describir a países que son gobernados por autócratas corruptos, con democracias simuladas, donde las empresas extranjeras y los poderes fácticos dominan todo, donde los derechos humanos no se respetan ni hay legalidad alguna, es un término que fue inspirado justamente por Honduras.
En efecto, el escritor O. Henry —seudónimo de William Sydney Porter—, popularizó el término Banana Republic en una serie de cuentos paródicos sobre un país que era gobernado por empresas americanas de frutas, en las que los gobernantes eran títeres de los intereses económicos extranjeros.
Su inspiración fue Honduras porque en esas épocas —principios de siglo pasado— era prácticamente una colonia de Chiquita Brands International Co., y otras empresas del ramo. Estas compañías dominaban la economía y la política de toda una nación.
El caso hondureño no fue el único: casi toda Centroamérica, gran parte del Caribe —emblemáticamente Cuba, antes de la Revolución— y varios países sudamericanos respondían con fidelidad al modelo en aquella época y algunos (de forma vagamente más sofisticada), lo siguen haciendo.
La cosa curiosa es que Honduras, país inspirador del término, se lance 30 ó 40 años para atrás y vuelva a la era en que los golpes de Estado eran un método para resolver diferencias.
Hay varias cosas notables. En primer lugar, se debe recalcar la condena unánime que a nivel internacional ha recibido el gobierno golpista hondureño. Nada menor es la condena de Estados Unidos —tibia, pero condena al fin—, ya que termina de dibujar a un país que escogió volverse una isla. Y si bien uno esperaría una actitud más resuelta por parte de Barack Obama, no puede dejar de tomarse en cuenta que las demenciales declaraciones de Hugo Chávez (“¡Vamos a derrocar a Michelleti!”) causan una instantánea alergia gringa.
El elemento rústico del chavismo es, otra vez, el principal aliado de los reaccionarios. En este caso, la derecha hondureña ha retomado con placer los dichos del presidente venezolano para casi declararle la guerra y llamar a la unidad nacional ante la “amenaza extranjera”. Típico.
Si bien la condena internacional es intensa, su posibilidad de éxito es menor. El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, se está reuniendo con los golpistas para dialogar —señal interesante: es más tolerable el golpismo que el terrorismo, porque con uno se puede dialogar y con el otro no.
Según se ven las cosas, el mundo tendrá que esperar pacientemente mientras el presidente de facto —pronto lo llamaremos dictador—, Roberto Micheletti se queda en el puesto. Manuel Zelaya, el presidente asilado, tiene vagas posibilidades de retomar su cargo. Esto significa que si bien la presión internacional es importante, es también limitada.
En segundo lugar, hay que recordar por qué Honduras es la República Bananera por excelencia. Tiene uno de los índices de desarrollo humano más bajos de Centroamérica, lo cual de por sí ya está bastante mal. Tiene más desnutrición que Guatemala y más analfabetismo que Panamá.
Es un país que durante décadas ha sido gobernado por una oligarquía autocomplaciente y corrupta —de la cual tanto Zelaya como Micheletti forman parte—, que ha hecho poco más que explotar al país. La prensa hondureña está casi totalmente alineada con los ejes de poder, y los periodistas que ayer alababan a Zelaya hoy se derriten ante Micheletti. Sea por convicción o por temor, no hay libertad de prensa en ese país. Al mismo tiempo, las señales de prensa “rebeldes” —como, por ejemplo, CNN— han sido censuradas y bloqueadas. Se declaró toque de queda y las manifestaciones a favor de Zelaya han sido reprimidas, mientras que aquellas a favor de Micheletti son respetadas.
Pero hay algo muy importante que es clave en este debate: condenar el golpe de Estado no es respaldar a Zelaya. No significa que nadie lo considere un gran líder —que tiene tantos errores y aciertos como cualquier presidente latinoamericano. Condenar el golpe no es validar su referéndum de reforma constitucional ni sus política públicas. Condenar el golpe es una posición de principios fundamentales: no se pueden simplemente deponer a los presidentes democráticamente electos cuando algunos —muy particularmente la oligarquía— están molestos con él.
Dicen que violó la Constitución. Vale: hagan un juicio político. Hagan un proceso legal en el cual los diputados —mayoritariamente opuestos al gobierno— expliquen y asuman sus posturas. Pero no escogieron ese camino. Escogieron el camino de usar el ejército para subir al presidente a un avión y sacarlo del país. Si era tan legal, ¿por qué no lo metieron a la cárcel? ¿Por qué lo exiliaron?
A menos de que Micheletti sea obligado a renunciar, el precedente para Honduras y toda América Latina es gravísimo. Nos demuestra que, décadas después de la era de las dictaduras, poco ha cambiado. Como sea, los pobres de Honduras siguen igual de pobres.
PD. No dejen de votar mañana. La recomendación Retrofutura es el PSD.
PD1. Si escucho “Billie Jean” una vez más, me doy un balazo. En la cara.

6/30/2009

Lo que realmente importa

Las elecciones intermedias son terribles. No despiertan el interés de la gente, que además de ser fundamentalmente apática, se intriga poco por los cargos que le parecen ambiguos o distantes. La gente no se siente cerca de sus diputados ni les atraen las figuras que no están disputando la presidencia. Las elecciones legislativa —tanto de México como del resto del mundo— son mucho menos apasionantes que las presidenciales, ya que no parece estar en juego un proyecto de nación. O la nación.
Y, sin embargo, lo está.
Está en juego algo más que la conformación del Congreso o la preeminencia del partido oficial; está en juego más que el regreso del PRI o el desgaje del PRD. Está en juego la existencia misma del progresismo mexicano.
Es irónico, porque hay millones de mexicanos progresistas. No somos un país de cínicos ni de mojigatos. Somos un país diverso, complejo y que demanda la existencia de opciones que sean auténticas y que sí estén discutiendo alternativas nuevas a viejos problemas.
Las elecciones intermedias son particularmente terribles cuando están empapadas por una crisis, ya que no estimulan soñar con un cambio. A pesar de que en los hechos sí es significativo quién controla el Congreso y quién está representado en él, los ciudadanos en general no perciben —comprensiblemente— una diferencia. Por tanto, no se involucran ni interesan. Domina la indiferencia y el desasosiego; domina la frustración.
Hoy quiero cumplir con la obligación que tenemos los comentaristas —obligación que con demasiada frecuencia olvidamos— de motivar y promover en los lectores un sentido de la responsabilidad que va más allá de mí y más allá del individuo: una responsabilidad con nuestro país.
Lo hago no sólo porque me importa, sino porque veo lo que sucede en otros países con historias de totalitarismo, y estoy convencido que debemos sonar las alarmas. El ejemplo al caso: Rusia.
La imagen de Joseph Stalin está, mientras usted lee esta columna, en las calles de Moscú. Como en la era más oscura del autoritarismo comunista, el líder que mandó matar a millones es, otra vez, un ídolo. Lo es porque los nostálgicos han logrado que los nuevos votantes olviden los millones de muertos que 30 años de gobierno estalinista dejaron y han logrado construir una imagen de prosperidad y progreso durante esa dictadura.
Bajo el argumento de que “bajo Stalin nuestro país logró el mayor índice de crecimiento de la historia y de desarrollo”, según declaró Sergei Rudakov, oficial del partido comunista ruso, se lanzó una campaña publicitaria engañosa y populista que está haciendo que los rusos añoren al duro líder soviético.
Algo preocupantemente similar está pasando en México. El desgobierno calderonista, sumado al desastre perredista, ha hecho que muchos miren al priismo con añoranza. Secretamente alineados, connotados ex salinistas le hacen campaña llamando al voto nulo.
Es en este momento que me atrevo, abusando de la confianza del lector pero con el imperativo ético de no ser cómplice del populismo ni de la demagogia, a invitar a votar por el Partido Socialdemócrata.
Lo digo con la franqueza que siempre ha caracterizado a esta columna: no nos hagamos tontos. La social democracia ha sido, históricamente, el camino ideológico del progreso: miren a Europa. Es el origen del pacto de solidaridad social que una nación como México tan desesperadamente necesita. Y sobre todo, es la única opción política que tiene el coraje de hablar de los temas que a los progresistas les importan.
Ninguno de los otros partidos existentes —ni uno solo— se atrevería a hablar de aborto, legalización de las drogas, libertad sexual, libertad de elegir. Ninguno de los partidos existentes, en los hechos, se atreve a hablar de libertad. La libertad de elegir, de discutir. La libertad de ser.
Sé que existen algunos colegas que cuestionan al PSD por los conflictos internos que vivió y la renuncia de Patricia Mercado. La verdad, me sorprende: Mercado salió en todos los periódicos reconociendo su derrota —abrumadora por lo demás— en la elección interna y felicitando al ganador. Fue un proceso democrático y ella misma lo admitió.
Esfuerzos serios como Lupa Ciudadana han analizado las propuestas de todos los partidos y han determinado que el planteamiento socialdemócrata es el más viable para México. Aquellos que sí se molestaron en leer las plataformas de campañas saben que el PSD tiene un planteamiento serio y responsable.
Pero más importante que eso es el recordatorio de que es indispensable que exista una opción auténticamente progresista en México. El Partido Socialdemócrata, con todos los defectos que pueda tener, es fundamental para el debate político nacional. Nadie más volverá a poner sobre la mesa lo que el PSD ha planteado —con elocuencia, por lo demás— si no demostramos que, en México, hay lugar para la socialdemocracia.
Abramos un espacio para las ideas. Un espacio real para soñar con una política distinta y auténtica. Una política valiente.
Al final, eso es lo que realmente importa.

6/23/2009

Luto alegre en Chile

El jueves pasado, 18 de Junio de 2009, murió en Santiago de Chile Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende. La mujer, incansable luchadora por la democratización de su patria, vivió por 17 años en México como exiliada y regresó para promover el plebiscito que sacó pacíficamente del poder al dictador que, en los hechos, asesinó a su esposo.

“Tencha”, como le decían cariñosamente, fue una figura clave en la liberación de su país y defensora – junto con su hija Isabel Allende (no la escritora, la diputada) – de posiciones socialdemócratas. Esto le acarreó críticas de la izquierda más radical, pero ella se mantuvo firme. Fue, por supuesto, siempre criticada por la derecha, que la consideraba una “traidora a su clase social”.

Tras su muerte los más importantes representantes de la Concertación dieron su pésame y asistieron al funeral, pero – cosa curiosa – estaban felices de la vida. Eran puras sonrisas, felicitaciones, abrazos y chistes.
No, no estaban felices por la muerte de Hortensia: estaban felices porque la temida encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) de Chile se publicó y dio sorprendentes buenas noticias para la alicaída candidatura de Eduardo Frei.

Frei, presidente de 1994 a 2000, dejó el poder con una aprobación del 28 por ciento – la más baja de cualquier presidente post dictadura. Sin embargo, hace un unos meses ningún peso pesado de la Concertación tenía el coraje para lanzarse contra un candidato de derecha – Sebastián Piñera – que parecía inalcanzable.

Ricardo Lagos, que tanto se esforzó por construir un pronto regreso al poder, no se animó. José Miguel Insulza, el candidato natural del segmento progresista, prefirió la comodidad de la OEA que una campaña impredecible. Sólo Frei, con su carisma fantasmal, se animó a lanzarse.
Estaba atrapado en un lejanísimo segundo lugar – 20 puntos lo separaban de Piñera – pero lentamente empezó a levantar, ayudado de algunos errores escandalosos del candidato de la reacción (y no uso el término a la ligera: en Chile la derecha es muy reaccionaria).

Entonces, la sorpresa: surge casi de la nada Marco Enríquez-Ominami, hijo de Miguel Enríquez, líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) quien murió en combate contra las fuerzas represivas de Pinochet. Marco no es, sin embargo, un revolucionario como su padre: es más bien un político joven, alternativo, vinculado al mundo del cine. Marco entró a la contienda con un discurso de renovación, cambio generacional y frescura que pegó fuerte y lo llevó del 0 al 15 % en unos meses.

Ese era un de los temas que tenía preocupados a los miembros del establishment concertacionista y que la encuesta CEP – que goza de un prestigio casi de Oráculo – alivianó. En la campaña de Frei estaban empezando a temer un tercer lugar; empezaban a temer que no pasarían a segunda vuelta contra la derecha en las elecciones de diciembre de este año. La encuesta cambió todo: en un año Piñera perdió siete puntos pasando de 46 a 39 por ciento y Frei ganó 8, yendo de 31 a 39 por ciento de los votos en la segunda vuelta – que es la que importa. Empate técnico.

En primera vuelta Piñera logra 37, Frei 30 y Enriquez 13, lo cual demuestra una importante votación para el candidato rebelde, pero no suficiente para disputar seriamente la presidencia.
Entonces, la Concertación celebraba en el velorio de Hortensia: su coalición sigue fuerte y lista para quedarse. Además, Michelle Bachelet es hoy la presidenta más popular desde la vuelta de la democracia, con un 67 por ciento de apoyo.

Sin embargo, eso no significa ni que Frei sea un buen candidato ni que la Concertación lo esté haciendo bien. Hay descontento con las promesas incumplidas, con el aburguesamiento en el poder, con la falta de resultados. Hay muchos chilenos decepcionados. Y la derecha – profundamente identificada con la dictadura – todavía puede ganar. Su principal ventaja reside en el 16 por ciento de los chilenos dicen que anularán el voto. Porque toda la derecha vota; es la izquierda decepcionada la que anula.

Le digo a los chilenos: me parece correcto que exijan más, que no se conformen. Demanden más a una Concertación que conoce mil falencias, corruptelas y errores. La Concertación ha fallado – por comodina y ambiciosa – en muchas de sus promesas clave.

Pero en Chile, anular es votar por la derecha pinochetista que ansía volver al poder para renovar sus políticas fallidas y antisociales; anular es devolverle al poder no sólo a las mismas ideas, sino a las mismas personas que fueron parte de la dictadura.

Y le digo a los mexicanos: demanden, exijan, participen. Pero la fantasía demencial de que la anulación purificará a la política, que miles saldrán vestidos de blanco como palomas inmaculadas a llenar las plazas y reemplazaran a la clase política con pura gente “nice”, simplemente no va a pasar. Votar nulo en México es votar por todo lo peor, igual que en Chile.

Hortensia miraría con tristeza a los mexicanos que anulan; Pinochet, feliz, aplaudiría: eso es justo lo que le permitió estar en el poder 17 años.

6/08/2009

De penes tristes y votos nulos

Un egipcio decidió que se había quedado sin opciones. Todas las alternativas que tenía le parecían poca cosa, feas o mediocres. Llevaba ya dos años insistiendo en una opción fuera de su alcance.

Proveniente de una familia acomodada y tradicional del sur de su país, el joven salió rebelde y quería casarse con una mujer de una clase más baja —algo mal visto en Egipto, donde usualmente las bodas se arreglan entre los padres.

Rogó y rogó a su padre, que no cedió ni se flexibilizó. Y él, harto, desesperanzado y lleno de rencor, tomó una decisión: cortarse el pene. ¡Chop!

Lo encontraron bañado en sangre de la cintura para abajo y los médicos hicieron todo lo que pudieron para reimplantarle el órgano sexual. No se pudo y quedó mutilado.

Esta triste historia de penes viene al caso hoy en día con un debate que —quizá real o quizá artificialmente— ha prendido fuego entre los editorialistas: la anulación del voto.

Diversas organizaciones, junto con algunos comunicadores famosos y los medios de los cuales son parte, han iniciado una fuerte campaña llamando a ir a la casilla —todos estamos de acuerdo en que hay que ir a votar—, pero una vez ahí, anular su voto. “Tache a todos” o “para políticos nulos, votos nulos” son algunas de las consignas de estas campañas. Su reflexión es obvia: todos los políticos son iguales, la política es sucia, el sistema partidista es excluyente y no representa a la sociedad.

Algunos de los sectores o comunicadores que promueven esta tendencia también dicen estar apoyando un proyecto de reforma electoral que permita, por ejemplo, la reelección de diputados y senadores.

Los entiendo bien y en gran medida comparto su fastidio. Es cierto que los partidos políticos, en su mayoría, están llenos de intereses opacos o mezquinos; es cierto que la actual ley electoral deja mucho que desear y es indispensable revisar el actuar de nuestros parlamentarios y políticos en general.

Pero también creo que están equivocados.

Cada voto, sea el que sea, tiene dos caras: es por algo y contra algo. Cuando votamos hacemos un balance entre los dos lados y se impone el que más nos importa. Si nos gusta un candidato o partido es fácil: votamos por ellos y contra los otros. Si no creemos en ninguno, votamos contra el que menos nos gusta (por ejemplo, para sacar al PRI del poder en 2000), pero necesariamente votamos por algo (en aquel ejemplo, Fox fue el favorecido).

Votar nulo pareciera ser contra todos y por un cambio. Es triste tener que decir que no es ni remotamente así. De hecho, pensar que es así es de una ingenuidad que raya casi en lo infantil.

Un voto nulo sí beneficia a alguien: a las estructuras clientelares. No es sorprendente el desdén con el que algunos perredistas, panistas y priistas han respondido a la campaña: “igual tendremos 500 diputados”, dicen. Es cierto y tendrán más representación, ya que el voto nulo, si bien manda un mensaje, no tiene efecto en la realidad. En el sistema actual, los votos nulos tienen en los hechos el mismo efecto que las abstenciones: no existen.

Aún si los anuladores logran muchos votos, será imposible que algún grupo u organización se los adjudique. ¿Cómo saber si esos votos nulos son por una reforma electoral específica o por el anarquismo o por hartazgo general o por aburrimiento o por jugar una broma? El voto nulo no significará más que lo que ya sabemos: la clase política es deficiente.

Hay otra cosa: resulta muy sospechoso que televisoras

—y los periodistas que de alguna forma los representan— estén promoviendo con tanta enjundia la anulación. Podría ser parte de la venganza de la televisión por la reforma electoral que la privó de millones y millones de pesos.

Si bien es cierto que la mayoría de los políticos son mediocres, es injusto decir que todos lo son. Me consta que existen políticos comprometidos e idealistas que están —dentro o fuera de los partidos— luchando por hacer una diferencia. No la tienen fácil, pero más difícil la tendrán si los sectores críticos y pensantes le donan su voto —al anularlo— a las mafias corporativas.

Como el joven egipcio, los “anulistas” han optado por mutilarse, y no cualquier pedazo: los genitales representan la trascendencia vía el placer y la reproducción; el voto representa la trascendencia a través de la decisión política. Si bien la democracia es mucho más que votar, privarse voluntariamente de esa herramienta es un acto de auto agresión profundo. Combatiremos a los malos políticos cerrándoles espacios, no abriéndoselos; los haremos mejores exigiéndoles, no ignorándolos.

Si vamos a votar contra algo, votemos contra quienes promueven la pena de muerte; contra quienes se benefician de la pobreza; contra quienes fomentan la división y contra quienes limitan nuestros derechos. Pero votemos por algo.

No nos cortemos el pene. Usémoslo.

6/01/2009

Eso les pasa por rojos

Mientras todo mundo está escandalizado por el trato que la Venezuela chavista le ha dado a un grupo de intelectuales de derecha, otro escándalo ha sido completamente ignorado por la prensa internacional. Es un escándalo que a algunos les podrá parecer pequeño, pero que guarda en su interior el germen de una vergüenza nacional.
Quizá es porque he perdido la práctica, pero al enfrentar el pensamiento desnudo de un reaccionario siempre me sorprendo. No es que crea que no tiene derecho a expresarse —lo tiene—, pero no deja de asombrarme la profunda falta de humanidad que algunas personas son capaces de poseer.
Sucedió lo siguiente: la presidenta chilena, Michelle Bachelet, está de gira por Europa. Visitó la Corte Penal Internacional en La Haya, despertando el descontento y rabia peruana, ya que estas dos naciones están sumergidas en un diferendo marítimo de grandes proporciones.
Después, la presidenta viajó a Holanda. Realizó actividades oficiales y fue invitada a un tour por la casa-museo de Ana Frank. Esta es la casa en la que la famosa niña pasó unos dos años escondida en el desván con su familia, ocultándose de la Gestapo. Es ahí donde fue finalmente aprehendida para ser llevada a un campo de concentración, donde perdió la vida.
Bueno, resulta que llevan a Bachelet a conocer. Le dan un tour, le explican cómo se escondían y el terror nazi. En ese diálogo surge el tema de los derechos humanos durante la dictadura. Se dice —aunque no hay registro— que la presidenta se emocionó y recordó su paso por Villa Grimaldi, un centro de tortura en el cual estuvo detenida por razones políticas tras el golpe de Estado.
Esta evocación indignó a un tal Carlos Larraín. Este hombre, miembro de la derecha chilena, participante del Opus Dei y coautor de la demanda que obligó al gobierno a dejar de entregar la píldora del día después en centros de salud, manifestó su indignación.
Dijo que “Ana Frank era una niña y fue perseguida sólo por haber nacido judía, tremendo pecado. Michelle Bachelet era mayor de edad y ya manifestaba opciones políticas antes de 1974. Su prisión fue abusiva, pero sobrevivió y prosperó”. Señaló que es absurdo comparar el sufrimiento de la niña inocente con la no tan inocente Bachelet.
Uno podría decir que no es tan grave lo que diga este hombre. Pero resulta que Larraín no es cualquier político: es el presidente del partido chileno Renovación Nacional, en el cual milita el más aventajado de los candidatos presidenciales: Sebastián Piñera. Es representante de la opinión mayoritaria de uno de los partidos más importantes del país. Sus palabras pesan, porque bien puede estar en el gobierno muy pronto.
El gobierno reaccionó reclamando la “frialdad” de este personaje, a lo que respondió indignado diciendo que “dije la mitad de lo que pienso”. Agregó: “Me faltó decir que si la izquierda chilena pretende comparar o siquiera asimilar la persecución nazi contra el pueblo judío y el Holocausto, con el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende y la persecución contra sus partidarios, equivale a decir que los judíos causaron la brutalidad del nazismo, porque la izquierda chilena organizó desde el poder el proceso de destrucción del país que fue la causa de la intervención militar”
Larraín no se da cuenta —porque no quiere— que ha adoptado el discurso nazi en su totalidad. Hitler dijo en su libro Mi Lucha, que “Estoy convencido de que actúo en concordancia con la voluntad del Creador Todopoderoso, ya que defendiéndome del Judío estoy haciendo el trabajo del Señor”. Cambie en ese enunciado la palabra “judío” por “izquierdista” y tiene el libreto de la derecha chilena en sus manos.
Los nazis perseguían a los judíos con la profunda convicción de que eran un peligro para su forma de vida y sociedad; los mataban con la certeza de que defendían a su patria haciéndolo. Era demencial, pero no menos demencial que hoy —año 2009—, el principal líder de la derecha chilena diga que aquellos que fueron perseguidos, torturados y asesinados se lo merecían.
El padre de la presidenta Bachelet murió siendo torturado en los sótanos pinochetistas y ella tuvo que huir al exilio. Sobre eso, Larraín comenta que “ella se refugió en Alemania Oriental ¡y lo pasó bomba!”. ¿Lo pasó bomba? Larraín nunca ha conocido el exilio y naturalmente no puede imaginar lo que es. Decir que lo pasó bien es una muestra incuestionable de que la derecha chilena sigue sin tener corazón, humanidad y, no menos grave, decencia.
¿Mencioné que Carlos Larraín, en Chile, es considerado de “centro-derecha”?
Qué vergüenza. Francamente.
http://www.cronica.com.mx/nota.php?id_nota=435744