Añejas glorias de la patria se ponen de moda ahora que cumplimos 99 años desde la Revolución Mexicana. Es triste pensar que el sueño de una gran nación se ha desvanecido tras décadas de gobiernos que se regodean en el autoengaño —las réplicas del secretario de Hacienda a Joseph Stiglitz son una muestra impecable—, acompañados con clase política que, en su gran mayoría, está obsesionada con un cortoplacismo microscópico.
Es imposible enlistar a los responsables de que México sea uno de los pocos países en el mundo que están en franco retroceso, mientras otros muchos —más chicos, con menos recursos— avanzan significativamente.
En estos días la mayor parte de los analistas están revisando las múltiples materias en las cuales el país reprueba: temas tributarios, legales, de cultura política, corrupción, pobreza, etcétera. Hay un elemento que me gustaría agregar, ya que hoy es uno que me afecta.
Acaba de nacer mi primera hija hace tres semanas en Santiago de Chile. Una de las principales cosas que he hecho ha sido averiguar los pasos que tengo que seguir para asegurarme que goce de la nacionalidad mexicana, que a la postre será también su patria –mancillada, pero patria al fin.
Me sorprendió poco que fuera un trámite complicado: somos mexicanos. Hay que llevar media docena de documentos, todos por triplicado, testigos y demás. Es engorroso y largo, pero está bien. Lo que sí me sorprendió —más bien me indignó— es que ella no podrá heredar la nacionalidad mexicana a sus propios hijos. Según la ley, los mexicanos nacidos fuera del territorio —mi hija entre ellos— son mexicanos de segunda, sin los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. A menos de que ella tenga hijos en México, mis eventuales nietos no serán mis compatriotas.
Esto pasa mientras que la tendencia mundial es que los nietos de inmigrantes puedan aspirar a la nacionalidad original —España e Italia lo permiten—– lo cual ha facilitado que muchísimos mexicanos puedan gozar de doble nacionalidad. La clase política mexicana ha visto esto con buenos ojos, al tiempo que exige con convicción una reforma migratoria en Estados Unidos. Pero nada han hecho para modificar esta ley, como si temiéramos llenarnos de sucios mexicanos nacidos en otras partes; como si nuestro problema fueran las huestes interminables de bandidos que se quieren colar a nuestra noble y dulce patria.
Es bien sabido que nuestra legislación migratoria es retrógrada, anticuada y funesta, pero hoy en día tiene un elemento adicional: retrasa el desarrollo del país. Porque hay miles de extranjeros que podrían venir a México a contribuir con su experiencia y talento y que lo harían gustosos, pero se topan con un muro burocrático tan complejo y cerrado, que prefieren irse. Hay que admirar a aquellos que permanecen en México: nos quieren de verdad.
Esa es una de las caras del problema de inmigración a nuestro país, la menos cruel. La peor cara es la que se ve todos los días en la frontera sur, donde migrantes centroamericanos son maltratados, humillados, sus derechos violados y sus vidas puestas en peligro por una policía fronteriza delincuencial y unas mafias que nada le envidian a aquellas que trabajan en la frontera norte.
No sólo es irónico que un país que está siempre demandando que se respeten los derechos de sus emigrados no tenga consideración con la gente que recibe, es directamente idiota. Nuestra legislación es una piedra más en la larga lista de obstáculos que impiden que México se sume a una dinámica globalizada de progreso.
Tengo la sospecha de que la resistencia a modernizar esta ley no sólo tiene que ver con la naturaleza floja y desinteresada de nuestra clase política, sino a nuestra endémica desconfianza a los extranjeros. Sea por la frivolidad de la “historia oficial”, la tradición contra el malinchismo o por patrioteros, hemos crecido con una insondable sospecha de que aquel que viene de fuera viene a dominarnos, robarnos, explotarnos o al menos llevarse a nuestras mujeres.
Es contradictorio, porque México es visto como un gran destino para vacacionar, se dice que la gente es amable y todos constatan que se da buen servicio a los turistas. Pero supongo que una cosa es un turista —que viene a dejar dinero e irse— a un inmigrante, que viene a quedarse y sacar algún beneficio de nuestra sacro santa tierra.
Es así como las glorias soñadas por los revolucionarios para México, en las que sería un país de justicia social, progreso y bienestar, se han ido sumergiendo en un pantano de inseguridades nacionales. Patologías masivas que nos limitan y nos mantienen con los pies enterrados, sin dejarnos avanzar.
Me frustra, pero mi convicción es clara: las cosas tienen que cambiar. Empecemos por acabar con leyes que dividan a los mexicanos en seres de primera y de segunda, porque deseo que mi hija Miranda sea una ciudadana. Que mi hija sea mexicana.
Es imposible enlistar a los responsables de que México sea uno de los pocos países en el mundo que están en franco retroceso, mientras otros muchos —más chicos, con menos recursos— avanzan significativamente.
En estos días la mayor parte de los analistas están revisando las múltiples materias en las cuales el país reprueba: temas tributarios, legales, de cultura política, corrupción, pobreza, etcétera. Hay un elemento que me gustaría agregar, ya que hoy es uno que me afecta.Acaba de nacer mi primera hija hace tres semanas en Santiago de Chile. Una de las principales cosas que he hecho ha sido averiguar los pasos que tengo que seguir para asegurarme que goce de la nacionalidad mexicana, que a la postre será también su patria –mancillada, pero patria al fin.
Me sorprendió poco que fuera un trámite complicado: somos mexicanos. Hay que llevar media docena de documentos, todos por triplicado, testigos y demás. Es engorroso y largo, pero está bien. Lo que sí me sorprendió —más bien me indignó— es que ella no podrá heredar la nacionalidad mexicana a sus propios hijos. Según la ley, los mexicanos nacidos fuera del territorio —mi hija entre ellos— son mexicanos de segunda, sin los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. A menos de que ella tenga hijos en México, mis eventuales nietos no serán mis compatriotas.
Esto pasa mientras que la tendencia mundial es que los nietos de inmigrantes puedan aspirar a la nacionalidad original —España e Italia lo permiten—– lo cual ha facilitado que muchísimos mexicanos puedan gozar de doble nacionalidad. La clase política mexicana ha visto esto con buenos ojos, al tiempo que exige con convicción una reforma migratoria en Estados Unidos. Pero nada han hecho para modificar esta ley, como si temiéramos llenarnos de sucios mexicanos nacidos en otras partes; como si nuestro problema fueran las huestes interminables de bandidos que se quieren colar a nuestra noble y dulce patria.
Es bien sabido que nuestra legislación migratoria es retrógrada, anticuada y funesta, pero hoy en día tiene un elemento adicional: retrasa el desarrollo del país. Porque hay miles de extranjeros que podrían venir a México a contribuir con su experiencia y talento y que lo harían gustosos, pero se topan con un muro burocrático tan complejo y cerrado, que prefieren irse. Hay que admirar a aquellos que permanecen en México: nos quieren de verdad.
Esa es una de las caras del problema de inmigración a nuestro país, la menos cruel. La peor cara es la que se ve todos los días en la frontera sur, donde migrantes centroamericanos son maltratados, humillados, sus derechos violados y sus vidas puestas en peligro por una policía fronteriza delincuencial y unas mafias que nada le envidian a aquellas que trabajan en la frontera norte.
No sólo es irónico que un país que está siempre demandando que se respeten los derechos de sus emigrados no tenga consideración con la gente que recibe, es directamente idiota. Nuestra legislación es una piedra más en la larga lista de obstáculos que impiden que México se sume a una dinámica globalizada de progreso.
Tengo la sospecha de que la resistencia a modernizar esta ley no sólo tiene que ver con la naturaleza floja y desinteresada de nuestra clase política, sino a nuestra endémica desconfianza a los extranjeros. Sea por la frivolidad de la “historia oficial”, la tradición contra el malinchismo o por patrioteros, hemos crecido con una insondable sospecha de que aquel que viene de fuera viene a dominarnos, robarnos, explotarnos o al menos llevarse a nuestras mujeres.
Es contradictorio, porque México es visto como un gran destino para vacacionar, se dice que la gente es amable y todos constatan que se da buen servicio a los turistas. Pero supongo que una cosa es un turista —que viene a dejar dinero e irse— a un inmigrante, que viene a quedarse y sacar algún beneficio de nuestra sacro santa tierra.
Es así como las glorias soñadas por los revolucionarios para México, en las que sería un país de justicia social, progreso y bienestar, se han ido sumergiendo en un pantano de inseguridades nacionales. Patologías masivas que nos limitan y nos mantienen con los pies enterrados, sin dejarnos avanzar.
Me frustra, pero mi convicción es clara: las cosas tienen que cambiar. Empecemos por acabar con leyes que dividan a los mexicanos en seres de primera y de segunda, porque deseo que mi hija Miranda sea una ciudadana. Que mi hija sea mexicana.


